
En 2008 Gonzales interpretó el disco en directo para un documental del canal Mezzo y mola bastante ver a un personaje así tocar de una manera tan original. Os dejo la primera parte a ver si os engancha. Salud y revolución.

Después de la increíble acogida que ha tenido la ya mítica selección "Brian goes soul", llega a vuestros kioskos la segunda entrega de esta extraordinaria colección, "Brian goes latin", un viaje de no retorno por las profundidades de la música afrocubana de la mano de Ray Barretto, Héctor Lavoe, Pérez Prado y otros genios del ritmo. Prepárense porque la fiesta está comenzando...


Les decía que el sexo era importante y que no tenía por qué ser algo sucio.
- No malgasteis vuestra juventud – les decía -. No os masturbeis. Aprended a controlaros. Descubrid a las chicas. La vida será un fastidio si dejais que sigan tomandoos el pelo. Escuchadme y os dareis cuenta que ellas os quieren más de lo que vosotros las quereis a ellas. En eso consiste el arte del sexo entre el hombre y la mujer. Ellas pagarían por el tipo de hombre comprensivo, porque casi todos los hombres creen que a una mujer no le gustan los dulces como a él, que ella piensa que lo que él quiere hacerle es repugnante. Y entonces, cuando al final ella accede, él la trata como si ella fuera un receptáculo, como una máquina orgásmica. Ni siquiera le da unas palmaditas en la cabeza cuando acaba. Un viejo sabio me contó una vez una historia. Me dijo: “Si pruebas lo que te voy a contar, todas las mujeres que toques volverán a pedirte más dulces y te dirán que nunca les han hecho nada igual en toda su vida”. Esto es lo que me dijo el viejo, y yo, chicos, debería cobraros por estos consejos. Un día vendreis a casa y me ofrecereis dinero y me direis: “Vaya si tenías razón, Collette”.
» Lo que este viejo me dijo fue: para los que no tienen un talento natural, ahí van algunas buenas reglas para follar. Bésala. Juega un rato con ella. Luego inserta tu rama de menta, la punta solo, el capullo. Restriégala un buen rato por la raja, contra el clítoris, éntrala un poco y sácala, de abajo arriba y en círculos hasta que la hayas puesto caliente. Harás el amor así durante horas, besando, jugando, chupándole los pechos y toqueteando ese conejito precioso, hasta que empiece a suplicar. Entonces no arremetas sin más. Introduce el capullo amable y suavemente.
Todo aquello era impresionante viniendo de un adulto. Charles estaba ruborizado, pero Buddy sonreía, pues ya había escuchado todo eso antes. Ahora, en su madurez, él y Charles a veces hablan de aquellas conferencias.
Pa continuó:
- Cuando esté bien húmedo, empapando ya las sábanas, no se lo hagas en plan fenómeno blanco. La clásica follada de siempre, sin más. La mejor posición que encontró aquel viejo fue de costado, con ella tumbada de espaldas porque él era pesado. Ella ya se muere de ansia, pero tú sigues con las travesuras, dándoselo gradualmente. Quédate tiempo sólo lo suficiente para que sepa qué dulce tienes, pero retírate si intenta cogerlo, sal de todo y recorre los bordes de los labios. Entonces, de pronto, entra a fondo con todas tus fuerzas y déjala ahí, firme y tiesa, y mécete a ambos lados. Luego retírate, sácala casi toda. Juega. Muévela en cualquier dirección, pero tan delicadamente que ella apenas note que se mueve, Tensa y relaja los músculos. Eso a ella le da una sensación de latido. Empezará a intentar cogerla otra vez. Sácala. En cuanto desista y se acomode sobre sus nalgas, penetra con todas tus fuerzas, retrocede rápido, y ataca otra vez enseguida. No te muevas durante unos instantes cuando esté bien dentro. Mantén la tensión y mécete, luego retírate otra vez con suavidad. Esta vez deja que su carne mullida se aferre a ti; ella intentará seguirte y retenerte dentro. Ahora empezará a rogarte a ti y a todos los santos que le hagas lo mismo que antes. Nada de eso. Sigue jugando y provocándola un poco más. Si ella nunca ha hecho nada parecido, empezará a volverse loca, llorará y suplicará. Entonces... cuando tú lo decidas... dáselo otra vez, fuerte, deprisa, hasta lo más hondo. Entre y quédate allí y mécete de un lado a otro, bésala y mécela en un estrecho abrazo. Después empieza a relajarte y finge que te separas. Sácala. Y si ella no te agarra y ruega y te pide que por favor la folles a tu manera, ¡te pongo un Cadillac de esos en tu portal!... Bueno Charles, tú inténtalo con la próxima chiquita que te busques. Observa la diferencia en su reacción. A ver si no te dice estas mismas palabras: “¡Charles, nunca en la vida me lo habían hecho así!”. Y a ver si tú no querrás pagarme cincuenta o cien dólares por los resultados obtenidos.

Hola Greenberianos ;)
Hola greenbergs, hoy os traigo un gran disco muy blusero del que fue el pianista ‘de toda la vida’ de la banda de Muddy Waters: Otis Spann, para los adeptos, el pianista de blues y boogie-woogie por excelencia. En este disco le acompañan en la grabación algunos miembros de (ni más ni menos…) Fleetwood Mac, que al parecer estaban de gira por los USA e hicieron migas con Spann. Reconozco mis prejuicios hacia Fleetwood Mac como la gran mayoría de la gente de mi edad, pero no os dejéis engañar por los 80, estos tíos eran muy buenos y las guitarras de Peter Green en The biggest thing since Colossus son prueba de ello. Que lo disfrutéis.
Os dejo con un fragmento del libro que Dizzy Gillespie escribió junto con Al Fraser, "To be or not to bop", donde se comentan algunas ideas muy parecidas a las que vimos expresar por aquí a Brian Eno hace algún tiempo. Sigo pensando que la mayoría de las quejas de las grandes discográficas no son más que pataletas por perder una posición dominante que les ha permitido históricamente llevarse la tajada más grande y más jugosa del pastel. Las negritas son mías:

“I think records were just a little bubble through time and those who made a living from them for a while were lucky. There is no reason why anyone should have made so much money from selling records except that everything was right for this period of time. I always knew it would run out sooner or later. It couldn’t last, and now it’s running out. I don’t particularly care that it is and like the way things are going.
“The record age was just a blip. It was a bit like if you had a source of whale blubber in the 1840s and it could be used as fuel. Before gas came along, if you traded in whale blubber, you were the richest man on Earth. Then gas came along and you’d be stuck with your whale blubber. Sorry mate – history’s moving along. Recorded music equals whale blubber. Eventually, something else will replace it.’’
En español:
«Creo que los discos fueron sólo una pequeña burbuja a través de los tiempos y todos los que se ganaron la vida con ellos durante un tiempo fueron afortunados. No hay ningún motivo por el que nadie debería haber hecho mucho dinero vendiendo discos excepto que durante ese momento en el tiempo todo estaba preparado para ello. Siempre supe que se acabaría más tarde o más temprano. No podía durar, y ya se está acabando. No es algo que me preocupe especialmente, me gusta cómo van las cosas ahora.»
«Esa época de los discos ha sido un accidente. Es como cuando tenías una fuente de grasa de ballena en 1840 y la podías usar como combustible. Antes de tener gas natural, si te dedicabas a lo de la grasa de ballena eras el tío más rico del mundo. Después llegó el gas natural, y te quedaste con la casa llena de tu puta grasa de ballena. Lo siento, amigo, la historia se mueve. La música grabada es como la grasa de ballena. Llegará algo que ocupará su lugar.»
fuente: http://www.newmusicstrategies.com/2010/01/18/brian-eno-on-records-and-blubber/



Este último, junto a su grupo The Almanac Singers, compuso en 1943 "Songs of the Lincoln Battalion", en homenaje a los milicianos estadounidenses que dejaron sus vidas en España por defender la causa de la República. Este disco está incluido, y es lo más destacado, del recopilatorio que les cuelgo: "Canciones De Las Brigadas Internacionales". Los temas de Ernst Busch y algunos otros suenan más clásicos (y están en alemán bastantes) pero se los incluyo, cuanto menos, como un merecido testimonio histórico. 
Hacía tiempo que tenía ganas de volver a subir algún aporte musical que gustara a los amigos de la Fundación. Por continuar la influencia salsera, y por una cuestión cuasi-patriótica, pensaba subir un buen recopilatorio de la FANIA ALL STARS, que hace unos meses me dejó boquiabierto. Sin embargo, unas cañas a la luz de la luna, la sosegada concentración de varios cientos de pre y post-treintañeros y la mezcla de aromas marinos y canábicos me hicieron cambiar de opinión...
Como sabeis, la revista mensual MOJO siempre endulza sus publicaciones con interesantes recopilatorios. En este caso, le ha llegado el turno a una de las discográficas más interesantes del Reino Unido, la mítica Island Records, y concretamente al fenómeno del folk británico que se desarrolló durante los 70 y que Island abanderó. Creo que sobran más presentaciones, aquí os dejo el enlace y espero que lo disfruteis.

Con los años he conseguido, a pesar de todo, reunir una pequeña historia inconexa de aquellos episodios de la vida de Greenberg que más han podido ser corroborados, aunque las pruebas firmes de que realmente ocurrieran son escasas. Se suele decir que nació en Amberes, aunque mucha gente asegura que su familia lleva generaciones establecida en el barrio de Golders Green, al norte de Londres. Su dominio tanto del inglés como del francés, el flamenco y hasta cuatro idiomas más, hacen muy difícil confirmar alguna de las hipótesis. De padres comerciantes, por su ascendencia judía se le relaciona, a nivel de parentesco, con figuras como Albet Einstein, Nils Böhr, Bob Dylan, Leonard Cohen o Woody Allen. Se da por supuesto que tuvo una educación superior, si bien no se sabe exactamente en qué pasó sus años de universidad. Personalmente, estoy convencido que Greenberg estudió Física Estadística, o Química Física, pues jamás he visto a ningún literato convencional, hablar con tanta soltura de temas tan complejos. Lo cierto es que empezó a viajar muy pronto, a los quince años o quizá antes. Se cuenta que, cuando era joven, vendió su alma al diablo en un cruce de carreteras para ser el mejor guitarrista del mundo. Y que, más tarde, compartió piso en Londres con Bert Jansch, John Renbourn y Davy Graham. Muchos le sitúan como el guitarrista anónimo que estuvo en la primera sesión del Astral Weeks y nadie recuerda quién era. Luego, en su historia hay un lapsus, hasta que reaparece en Sudamérica, donde es el primero en socorrer a Hector Lavoe cuando se intenta suicidar, lanzándose al vacío desde un quinto piso. No falta quien cree que es el autor de la novela “El lazarillo de Tormes”, y el tema de guitarra clásica “Romancero anónimo”, aunque las pruebas en estos casos son inconsistentes. Me han enseñado fotos viejas, de sesiones de grabación de Miles Davis y John Coltrane, donde un borroso personaje de fondo, con gabardina gris y fumando pipa, es identificado invariablemente como Emilio Greenberg. Desgraciadamente, la calidad de las imágenes en estos casos, no permite despejar la sombra de la duda. Por otro lado, en esas mismas fechas se le sitúa también en un pub de Cambridge en el que entabló amistad con Francis Crick, una noche en la que éste entró diciendo que “había encontrado el secreto de la vida”. Lo que sí parece bastante establecido, es que durante los 60 y los 70 visitó varias veces la India, primero con los Beatles y más tarde con John McLaughlin, probablemente por motivos espirituales, pues sentía Greenberg cierta simpatía por la filosofía oriental. Entre medias se sabe que hizo al menos un viaje a Jamaica, ya que fue allí donde empezó a interesarse por la electrónica junto a su amigo King Tubby, a quien conoció haciendo un módulo de formación profesional. También fue en Jamaica donde, se dice, estuvo en la cárcel por posesión de marihuana, aunque fue liberado cuando Toots, probablemente por defenderle, pues eran muy amigos, se autoinculpó del delito.
Cuando un día nadie volvió a saber de Greenberg, los rumores empezaron a circular. Unos dijeron que se había ahogado en el Mississipi, otros que había muerto de una “self-inflicted knive wound”, pero nada se supo nunca a ciencia cierta. Personalmente, dudo mucho que realmente sufriera una sobredosis con pastillas para dormir, como también se ha dicho, pues su perfil psicológico nunca me pareció el de un insomne. Desde entonces, algunos de sus discípulos decidimos rendirle homenaje creando esta fundación con su nombre y manteniendo encendida, día a día, la llama de su memoria.
A diario nos llegan a esta redacción cientos de cartas (sí, cartas de las de toda la vida, con sus sellos con la cara del rey) en las que, unas veces entre halagos y alabanzas, y otras entre insultos y amenazas, se nos conmina a que desvelemos de una vez por todas quién es Emilio Greenberg. Pues bien, con todo el rigor histórico que me permiten las circunstancias, he aquí todo lo que sé, en dos tandas, sobre el hombre al que seguimos y admiramos.
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Conocí a Emilio Greenberg hace muchos años, ya no recuerdo cuántos. Creo que fue en Londres, sí, fue en Londres, cerca del puente de Waterloo, en un bar que ya no existe, un día de lluvia. Bueno, quizás no llovía, podría simplemente haber sido uno de esos días ingleses donde el sol no se deja ver y la temperatura es la justa para no sentirse demasiado bien. Él llevaba una gabardina gris, eso sí lo recuerdo bien, una gabardina gris bastante vieja que luego le vi muchas veces, y que llegó a obsesionarme durante mucho tiempo, como si en ella se escondiese algo de aquella esencia tan particular que desprendía el propio Greenberg, de su magnetismo natural. Porque si algo producía Greenberg en sus interlocutores, era una especie de atracción inmediata, una curiosidad insaciable por saber qué había detrás de aquella sonrisa enigmática. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. Decía que conocí a Greenberg un día sin luz, en un bar cerca de un puente, con su gabardina gris puesta y fumando tabaco negro en una pipa de marinero que, según me contó más tarde, le había regalado Herman Melville. Fue él quien me abordó, reconociendo mi aspecto extranjero, y enseguida se puso a hablarme de literatura, algo sobre T.S. Elliot o Young, no recuerdo bien. Luego me preguntó qué hacía allí y si pensaba quedarme mucho tiempo. Conversamos el tiempo que dura un café y se fue bajo la lluvia, dejándome una tarjeta de visita e invitándome a que le llamase algún día.
En aquella época viajaba mucho, mi trabajo me obligaba a desplazarme continuamente entre países y no volví a saber nada de Greenberg hasta pasados muchos meses, cuando ya su tarjeta de visita llevaba tiempo descansando entre un montón de papeles viejos. Lo encontré en el vestíbulo de un hotel en Amberes donde, según me contó después, su familia tenía algunos negocios. Nos reconocimos al instante, a pesar del tiempo pasado y lo casual de la situación. Fue la primera vez que comprobé la prodigiosa memoria que tenía Greenbeg para reconocer a la gente. Nunca se le olvidaba una cara ni el nombre que le seguía, siempre recordaba el momento exacto del último encuentro, la conversación mantenida, los pequeños detalles de cada escenario. Y era precisamente esta “inteligencia social”, por llamarla de algún modo, la que le hacía parecer tan cercano a sus interlocutores. Para Greenberg nada pasaba desapercibido, nadie le resultaba lo bastante vulgar para no reparar en su presencia. Contaba además con una capacidad absolutamente asombrosa para decirle a cada uno exactamente aquello que necesitaba escuchar, y no era raro observar como auténticos desconocidos acababan confesándole intimidades al poco tiempo de iniciar una conversación con él. Aquella noche, en el bar del hotel, cenamos juntos y estuvimos bebiendo vino hasta muy entrada la noche. Hablamos de la crisis, del tiempo, de la vida urbana en aquellos años, pero también de cine, de literatura, de música. Y en cada tema que tocaba, mostraba Greenberg una asombrosa mezcla entre erudición y humildad, sin nada de toda esa pedantería académica tan común entre la gente pervertida por la cultura. Cuando al día siguiente me desperté, tenía dolor de cabeza y una ligera náusea. Sólo entonces, tirado en la cama, recordé la conversación y descubrí sorprendido, que poco o nada sabía sobre la vida de Emilio Greenberg.
Desde nuestro encuentro casual en Amberes, Greenberg y yo fuimos consolidando una verdadera amistad, que se fue dibujando por muchas ciudades del mundo. Mediante una correspondencia interrumpida, alguna llamada telefónica y muchos encuentros casuales en clubes nocturnos, fui entrando en la órbita de su universo. Conocía a alguien en casi todos los lugares del planeta. Y no eran sus amistades exclusivamente de lo que entonces se daba en llamar, la “élite intelectual”. Entre los allegados de Greenberg se contaban, además de escritores, músicos y profesores, croupiers, camareros, prostitutas, oficinistas, mecánicos, vigilantes de seguridad, banqueros (a muchos de los cuales daba el trato de “primos”) e incluso algún policía. ¿De qué vivía Emilio Greenberg? ¿qué hacía viajando por el mundo? Nadie lo sabia a lo cierto. Unos decían que vendía diamantes que importaba su familia. Otros que vivía de la usura. Incluso uno, que un día le había visto dibujar un garabato en una servilleta de papel, llegó a asegurarme que era un famoso graffitero anónimo y que se dedicaba a ir pintando paredes mundo adelante, aunque de cómo se ganaba el pan no supo decirme nada. La leyenda de Greenberg se fue agrandando con los años y pienso que incluso él mismo fomentó un poco ese ambiente de ambigüedad que rodeaba su presencia. Cuando se veía obligado a hablar sobre su persona, solía usar un lenguaje ligeramente abstracto, evitaba dar nombres o fechas, y cuando se le insistía sobre la precisión de un lugar o un mes, sencillamente murmuraba un “Mmm… no lo recuerdo bien”, o alguna otra oración evasiva que, curiosamente, en sus labios no sonaba a excusa.