lunes 19 de octubre de 2009

Andrés Montes (1956-2009)


Otro gigante que nos deja... Desde Greenberg queremos brindarle nuestra más cálida despedida a uno de los más grandes. A modo de homenaje, he adjuntado a la página mi foto favorita del genial comentarista, donde, recordando su origen gallego, posa frente a la playa de Riazor con la camiseta del Dépor. Descansa en Paz, amigo.

martes 29 de septiembre de 2009

Vive la France!

Mi buen amigo de Barcelona, monsieur Roger Renau, ha hecho un par de recopilaciones de carácter francófono que creo que pueden gustar por aquí. Por un lado tenemos al mítico George Brassens, un auténtico canalla de la chanson, con un simpático estilo de guitarra y letras satíricas de las que no dejan títere con cabeza. Y por el otro, al gran cantante belga Jacques Brel, sí, el de la mítica Ne me quittes pas, que además de ese gran superhit capaz de hundir al espíritu más jovial, tiene una gran colección de temas míticos, tanto en francés como en flamenco. Personalmente, me gusta la grandilocuencia épica de muchas de sus canciones, y que se refleja fielmente en este gran video:



Espero que os guste.

martes 15 de septiembre de 2009

Friendly Jazz II!


Sí amigos, ya está aquí la esperadísima segunda parte de aquel recopilatorio que revolucionó el panorama musical hace muchos meses ya, acercando a gentes ignorantes de todo el mundo al género elitista por excelencia, y que llevaba por nombre Friendly Jazz!. A base de incesante trabajo, muchísima pasión, y por supuesto, grandes dosis de humildad, nuestro equipo de expertos ha preparado un auténtico petardazo musical que retumbará en vuestros oídos durante una larga temporada.

Como os podeis imaginar, de nuevo se ha cuidado el equilibrio entre los clásicos imperecederos y las desconocidas joyas del vinilo descatalogado e injustamente enterrado en colecciones de vetustos eruditos. El hilo conductor de estos temas es, precisamente, su aparente sencillez, y os aseguro que os llevará bastante tiempo desahaceros de sus pegadizas melodías.

Todo empieza con un enorme Jaco Pastorius, introductor del bajo eléctrico en el jazz, y que, como buen músico de leyenda, era bipolar y murió demasiado joven. Luego está Blue Mitchell, un clásico al que encontrareis en gran cantidad de discos del sello Blue Note durante toda la década de los 60 y que, desgraciadamente, nunca ha gozado del reconocimiento que merece. ¿Qué decir del tercer invitado, el mismísimo Charlie Parker? Todo lo que pudiera escribir es poco y, además, ya está dicho y repetido. Me limitaré a recomendar ese gran cuento de Cortázar, "El perseguidor". A continuación, uno de los más famosos standards de jazz, "Autumn leaves", en la magnífica interpretación de John Coltrane y McCoy Tyner, en un concierto en Estocolmo, en 1963. Más sorprendente es el tema "Fuguetta", que auna un sonido de música clásica con jazz, y que firma el Jack Dieval Quartet, un grupo desconocidísimo que yo descubrí aquí. ¿Qué mas? Pues un poquito de John Patton, organista de Kansas City, una pizquita de Cannonball Adderley (sí, el de "Kind of Blue", tan comentado este año) y algo de un duo de ensueño, Duke Ellington y Coleman Hawkins. Para acabar, un descubrimiento reciente, facilitado por mi compañero von Richthofen: Roland Kirk. Y como colofón, teneis que imaginaros que el último tema es una especie de hidden track. Ya sabeis, uno de esos que aparecían en las cintas cuando, acabada la última canción. Se dejaba pasar un minutillo o dos y, he aquí que resurgía un sonido desde lo más profundo de los tiempos. Pues bien, este sonido aquí es el del saxo tenor de Lester Young, que con su estilo aterciopelado, preparó el camino para grandes como Dexter Gordon y Stan Getz, así como para innumerables imitadores de poca estopa.

Pero bueno, basta ya de texto insustancial y enlaces a la güiquipedia, vamos a lo que hemos venido: aquí os dejo, para mayor gloria de nuestro admirado Emilio Greenberg...

viernes 7 de agosto de 2009

Folk por la República


Buscando por internet, encontré este sorprendente testimonio sobre nuestro pasado. Una recopilación de canciones sobre las Brigadas Internacionales y, en general, sobre la guerra civil española, realizadas todas ellas por autores extranjeros durante la propia guerra o inmediatamente después. Entre ellos, destacan las versiones contemporaneas del actor alemán exiliado Ernst Busch y del mito viviente de la música folk americana, Pete Seeger.


Este último, junto a su grupo The Almanac Singers, compuso en 1943 "Songs of the Lincoln Battalion", en homenaje a los milicianos estadounidenses que dejaron sus vidas en España por defender la causa de la República. Este disco está incluido, y es lo más destacado, del recopilatorio que les cuelgo: "Canciones De Las Brigadas Internacionales". Los temas de Ernst Busch y algunos otros suenan más clásicos (y están en alemán bastantes) pero se los incluyo, cuanto menos, como un merecido testimonio histórico.

Resulta curioso, y en gran medida emocionante, escuchar ritmos tradicionales americanos sobre la guerra de España. Y más aún oir himnos republicanos a ritmo de folk. Creo que nos dice mucho sobre como la música, y por supuesto las ideas que inspiraron estas canciones, no tienen fronteras. Bastante información, así como el enlace para descargar el disco, lo he encontrado en el Blog "Zero G Sound".

Para que vean de que va todo este palique, les cuelgo el video de una de las canciones de Pete Seeger y cia. (hay bastantes de ellas en youtube, con la ventaja de que van acompañadas de fotos de la época y de las letras traducidas...recomiendo también la de Jarama Valley...). La de abajo, en concreto, habla sobre un joven republicano de Alcalá....quien sabe si de algún bisabuelo!

Salud!




miércoles 22 de julio de 2009

New Tones, de Nomo


Hola greenbergs. Aquí os dejo, a modo de precuela, el New Tones de Nomo, del 2006. Comprobaréis en seguida que va por la misma línea que el tremendo Ghost Rock del año pasado, el disco que ha hecho famoso a este grupo afro-beat de Michigan y por el que le conocimos en estos lares. Una mezcla cuanto menos curiosa de percusión africana, electrónica y funky para suavizar los rigores veraniegos con un poco de ritmo. Qué lo disfrutéis!

martes 14 de julio de 2009

Festivaleando por Canarias: JAZZ & MÁS HEINEKEN 2009

Hacía tiempo que tenía ganas de volver a subir algún aporte musical que gustara a los amigos de la Fundación. Por continuar la influencia salsera, y por una cuestión cuasi-patriótica, pensaba subir un buen recopilatorio de la FANIA ALL STARS, que hace unos meses me dejó boquiabierto. Sin embargo, unas cañas a la luz de la luna, la sosegada concentración de varios cientos de pre y post-treintañeros y la mezcla de aromas marinos y canábicos me hicieron cambiar de opinión...

Vayamos a los hechos. La semana pasada se celebró la XVIII edición del Festival internacional de Jazz de Canarias. Una cita que cada verano aporta una excusa perfecta a los profanos del jazz para tomar una cervezas junto al mar, escuchar buena música, reencontrarse con amigos ( y extrañar a algunos otros) y, en buena medida, admirar la linda presencia de canarias bohemias (escasas pero siempre reseñables, cual especie en peligro de extinción). Para los versados, además de todo lo anterior, el encuentro estival permitió, según dicen, ver en directo a algunos de los músicos más interesantes del panorama jazzístico internacional. El festival duró más de una semana, circuló por casi todas las islas y se dividó en conciertos gratuitos (la mayoría) y de pago (los mejores).

Como la cuestión de las perras estaba compleja, y uno tampoco valoraría el manjar de la manera conveniente, me acerqué el jueves pasado al concierto gratuito de Santa Cruz de Tenerife. Estuvo bien, sobre todo la "Steve Lukather and band" (una fusión entre el Jazz y el Rock con la notable presencia de su líder y guitarrista) que hizo despertar al personal, algo aletargado por el "hilo musical" con el que nos entretuvo la formación anterior. El "momento ascensor" me sirvió, cuanto menos, para descubir el aporte que os dejo hoy. Un buen amigo, aficionado como otros greenbergianos a estos sonidos, me recomendó el concierto de pago de la KIND OF BLUES at 50. Según me comentaba, Kind of blue es el título del mítico disco que en 1959 realizó Miles Davis y que ha pasado a la historia como uno de los discos fundamentales de la historia del jazz y de la música. 50 años después, el único superviviente de aquella grabación, el batería Jimmy Cobb, iba a revivir en el festival isleño aquellos sonidos. Puesto que el conocimiento no tiene fronteras, pero el bolsillo si las tiene y bien estrechas, a mi pesar pasé del concierto y me bajé el disco de Miles Davis, con algunas rarezas añadidas por Cobb y compañía en este 50 aniversario. Y me gustó muchísimo. Un trabajo perfecto para iniciarse en esto del Jazz, siguiendo la senda marcada por la ya legendaria Friendly Jazz del versado Bradomín.

¡¡¡Agüita flaco!!!

lunes 6 de julio de 2009

Mojo presents... Island Folk!

Como sabeis, la revista mensual MOJO siempre endulza sus publicaciones con interesantes recopilatorios. En este caso, le ha llegado el turno a una de las discográficas más interesantes del Reino Unido, la mítica Island Records, y concretamente al fenómeno del folk británico que se desarrolló durante los 70 y que Island abanderó. Creo que sobran más presentaciones, aquí os dejo el enlace y espero que lo disfruteis.

martes 12 de mayo de 2009

Animando el Primavera


¿Qué pasa? Supongo que todos estamos tocados por los cambios hormonales de nuestra estación favorita...

Ahí os dejo el último disco de la gran Alela Diane, para mi una de las actuaciones más interesantes de este Primavera Sound que se avecina, cortesía de un blog amigo que he añadido a nuestra lista. ¿Alguien se apunta?

lunes 13 de abril de 2009

La verdadera historia de Emilio Greenberg (2/2)


Con los años he conseguido, a pesar de todo, reunir una pequeña historia inconexa de aquellos episodios de la vida de Greenberg que más han podido ser corroborados, aunque las pruebas firmes de que realmente ocurrieran son escasas. Se suele decir que nació en Amberes, aunque mucha gente asegura que su familia lleva generaciones establecida en el barrio de Golders Green, al norte de Londres. Su dominio tanto del inglés como del francés, el flamenco y hasta cuatro idiomas más, hacen muy difícil confirmar alguna de las hipótesis. De padres comerciantes, por su ascendencia judía se le relaciona, a nivel de parentesco, con figuras como Albet Einstein, Nils Böhr, Bob Dylan, Leonard Cohen o Woody Allen. Se da por supuesto que tuvo una educación superior, si bien no se sabe exactamente en qué pasó sus años de universidad. Personalmente, estoy convencido que Greenberg estudió Física Estadística, o Química Física, pues jamás he visto a ningún literato convencional, hablar con tanta soltura de temas tan complejos. Lo cierto es que empezó a viajar muy pronto, a los quince años o quizá antes. Se cuenta que, cuando era joven, vendió su alma al diablo en un cruce de carreteras para ser el mejor guitarrista del mundo. Y que, más tarde, compartió piso en Londres con Bert Jansch, John Renbourn y Davy Graham. Muchos le sitúan como el guitarrista anónimo que estuvo en la primera sesión del Astral Weeks y nadie recuerda quién era. Luego, en su historia hay un lapsus, hasta que reaparece en Sudamérica, donde es el primero en socorrer a Hector Lavoe cuando se intenta suicidar, lanzándose al vacío desde un quinto piso. No falta quien cree que es el autor de la novela “El lazarillo de Tormes”, y el tema de guitarra clásica “Romancero anónimo”, aunque las pruebas en estos casos son inconsistentes. Me han enseñado fotos viejas, de sesiones de grabación de Miles Davis y John Coltrane, donde un borroso personaje de fondo, con gabardina gris y fumando pipa, es identificado invariablemente como Emilio Greenberg. Desgraciadamente, la calidad de las imágenes en estos casos, no permite despejar la sombra de la duda. Por otro lado, en esas mismas fechas se le sitúa también en un pub de Cambridge en el que entabló amistad con Francis Crick, una noche en la que éste entró diciendo que “había encontrado el secreto de la vida”. Lo que sí parece bastante establecido, es que durante los 60 y los 70 visitó varias veces la India, primero con los Beatles y más tarde con John McLaughlin, probablemente por motivos espirituales, pues sentía Greenberg cierta simpatía por la filosofía oriental. Entre medias se sabe que hizo al menos un viaje a Jamaica, ya que fue allí donde empezó a interesarse por la electrónica junto a su amigo King Tubby, a quien conoció haciendo un módulo de formación profesional. También fue en Jamaica donde, se dice, estuvo en la cárcel por posesión de marihuana, aunque fue liberado cuando Toots, probablemente por defenderle, pues eran muy amigos, se autoinculpó del delito.

Cuando un día nadie volvió a saber de Greenberg, los rumores empezaron a circular. Unos dijeron que se había ahogado en el Mississipi, otros que había muerto de una “self-inflicted knive wound”, pero nada se supo nunca a ciencia cierta. Personalmente, dudo mucho que realmente sufriera una sobredosis con pastillas para dormir, como también se ha dicho, pues su perfil psicológico nunca me pareció el de un insomne. Desde entonces, algunos de sus discípulos decidimos rendirle homenaje creando esta fundación con su nombre y manteniendo encendida, día a día, la llama de su memoria.

martes 31 de marzo de 2009

La verdadera historia de Emilio Greenberg (1/2)



A diario nos llegan a esta redacción cientos de cartas (sí, cartas de las de toda la vida, con sus sellos con la cara del rey) en las que, unas veces entre halagos y alabanzas, y otras entre insultos y amenazas, se nos conmina a que desvelemos de una vez por todas quién es Emilio Greenberg. Pues bien, con todo el rigor histórico que me permiten las circunstancias, he aquí todo lo que sé, en dos tandas, sobre el hombre al que seguimos y admiramos.


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Conocí a Emilio Greenberg hace muchos años, ya no recuerdo cuántos. Creo que fue en Londres, sí, fue en Londres, cerca del puente de Waterloo, en un bar que ya no existe, un día de lluvia. Bueno, quizás no llovía, podría simplemente haber sido uno de esos días ingleses donde el sol no se deja ver y la temperatura es la justa para no sentirse demasiado bien. Él llevaba una gabardina gris, eso sí lo recuerdo bien, una gabardina gris bastante vieja que luego le vi muchas veces, y que llegó a obsesionarme durante mucho tiempo, como si en ella se escondiese algo de aquella esencia tan particular que desprendía el propio Greenberg, de su magnetismo natural. Porque si algo producía Greenberg en sus interlocutores, era una especie de atracción inmediata, una curiosidad insaciable por saber qué había detrás de aquella sonrisa enigmática. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. Decía que conocí a Greenberg un día sin luz, en un bar cerca de un puente, con su gabardina gris puesta y fumando tabaco negro en una pipa de marinero que, según me contó más tarde, le había regalado Herman Melville. Fue él quien me abordó, reconociendo mi aspecto extranjero, y enseguida se puso a hablarme de literatura, algo sobre T.S. Elliot o Young, no recuerdo bien. Luego me preguntó qué hacía allí y si pensaba quedarme mucho tiempo. Conversamos el tiempo que dura un café y se fue bajo la lluvia, dejándome una tarjeta de visita e invitándome a que le llamase algún día.


En aquella época viajaba mucho, mi trabajo me obligaba a desplazarme continuamente entre países y no volví a saber nada de Greenberg hasta pasados muchos meses, cuando ya su tarjeta de visita llevaba tiempo descansando entre un montón de papeles viejos. Lo encontré en el vestíbulo de un hotel en Amberes donde, según me contó después, su familia tenía algunos negocios. Nos reconocimos al instante, a pesar del tiempo pasado y lo casual de la situación. Fue la primera vez que comprobé la prodigiosa memoria que tenía Greenbeg para reconocer a la gente. Nunca se le olvidaba una cara ni el nombre que le seguía, siempre recordaba el momento exacto del último encuentro, la conversación mantenida, los pequeños detalles de cada escenario. Y era precisamente esta “inteligencia social”, por llamarla de algún modo, la que le hacía parecer tan cercano a sus interlocutores. Para Greenberg nada pasaba desapercibido, nadie le resultaba lo bastante vulgar para no reparar en su presencia. Contaba además con una capacidad absolutamente asombrosa para decirle a cada uno exactamente aquello que necesitaba escuchar, y no era raro observar como auténticos desconocidos acababan confesándole intimidades al poco tiempo de iniciar una conversación con él. Aquella noche, en el bar del hotel, cenamos juntos y estuvimos bebiendo vino hasta muy entrada la noche. Hablamos de la crisis, del tiempo, de la vida urbana en aquellos años, pero también de cine, de literatura, de música. Y en cada tema que tocaba, mostraba Greenberg una asombrosa mezcla entre erudición y humildad, sin nada de toda esa pedantería académica tan común entre la gente pervertida por la cultura. Cuando al día siguiente me desperté, tenía dolor de cabeza y una ligera náusea. Sólo entonces, tirado en la cama, recordé la conversación y descubrí sorprendido, que poco o nada sabía sobre la vida de Emilio Greenberg.


Desde nuestro encuentro casual en Amberes, Greenberg y yo fuimos consolidando una verdadera amistad, que se fue dibujando por muchas ciudades del mundo. Mediante una correspondencia interrumpida, alguna llamada telefónica y muchos encuentros casuales en clubes nocturnos, fui entrando en la órbita de su universo. Conocía a alguien en casi todos los lugares del planeta. Y no eran sus amistades exclusivamente de lo que entonces se daba en llamar, la “élite intelectual”. Entre los allegados de Greenberg se contaban, además de escritores, músicos y profesores, croupiers, camareros, prostitutas, oficinistas, mecánicos, vigilantes de seguridad, banqueros (a muchos de los cuales daba el trato de “primos”) e incluso algún policía. ¿De qué vivía Emilio Greenberg? ¿qué hacía viajando por el mundo? Nadie lo sabia a lo cierto. Unos decían que vendía diamantes que importaba su familia. Otros que vivía de la usura. Incluso uno, que un día le había visto dibujar un garabato en una servilleta de papel, llegó a asegurarme que era un famoso graffitero anónimo y que se dedicaba a ir pintando paredes mundo adelante, aunque de cómo se ganaba el pan no supo decirme nada. La leyenda de Greenberg se fue agrandando con los años y pienso que incluso él mismo fomentó un poco ese ambiente de ambigüedad que rodeaba su presencia. Cuando se veía obligado a hablar sobre su persona, solía usar un lenguaje ligeramente abstracto, evitaba dar nombres o fechas, y cuando se le insistía sobre la precisión de un lugar o un mes, sencillamente murmuraba un “Mmm… no lo recuerdo bien”, o alguna otra oración evasiva que, curiosamente, en sus labios no sonaba a excusa.